martes, 30 de noviembre de 2010

Más me pegas menos me quiero.


El peor golpe que los hombres les meten a las mujeres maltratadas es el que va directo a su autoestima. Después de algunos días del arranque de furia del que son víctimas, las mujeres golpeadas ven cicatrizar sus labios partidos y esperan pacientemente a que sus ojos abandonen ese nada sexy color morado. Pero lo que no logran recomponer con facilidad, ni con cremas y antiinflamatorios, es el alma. Las he visto pobres y ricas, niñas y viejas, profesionales y analfabetas, y la impresión que me dejan siempre ha sido la misma y estremecedora: por cada cachetada que les estampan en la cara, les clavan un 'hijadeputa’, o un 'inútildemierda’, en el corazón que las deja lisiadas para siempre.


¿Por qué determinadas mujeres terminan atrapadas entre los puños furiosos de sus parejas sin poder hacer nada al respecto? He escuchado muchas veces que las mujeres golpeadas se someten a esa situación porque les da la gana, porque les encanta que las maltraten. Que no abandonan al marido porque, simple y llanamente, no quieren. ¿Acaso no es facilísimo agarrar tus pilchas y mandarte mudar en busca de alguien que te quiera bien?

Resulta que no, no es facilísimo. Por cada hombre al que le gusta entrenar su gancho izquierdo contra la cara de su mujer, hay una madre que se considera poco menos que una cucaracha, o una hija que está convencida que ha nacido para que le metan golpe. Hay un ser humano con una raquítica autoestima que no le permite esquivar el lapo. Son personas frágiles, casi siempre provenientes de hogares disfuncionales que producto de una pobre educación basada en esquemas machistas, carecen de las mínimas herramientas para zafarse de la horrenda situación en la que terminan envueltas. Y sus agresores lo saben. Las buscan débiles, para pasar con una aplanadora de insultos y maltratos sobre sus maltrechos egos. ¿O acaso es común ver a un prepotente machista enamorado de una mujer empoderada a la que nadie le pisa el poncho?


No pues. Las mujeres fuertes y bien plantadas se consiguen hombres sensibles y compañeros. Las otras, las que se sienten poca cosa, las que piensan que tienen que estar lindas para agradar, las que se han creído el cuento de que no valen por sí mismas, esas son potenciales víctimas de los cobardes pegalones. Esas son las que están en peligro y por las que tenemos que trabajar como sociedad. Particularmente, no conozco un solo caso de violencia doméstica en el que el hombre haya logrado controlar su impulso agresivo. Todos los que he visto resolverse con éxito han sido producto de una transformación profunda de la mujer agredida quien, gracias al apoyo de profesionales y de la familia, logra sacar, del morado de sus mejillas, valor para cobrarse todas y cada una de sus heridas.


Fuente: peru 21 - Patricia del Rio

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